..."Parir, pujar, criar, eso duele grandemente y luego despedir a tu hijo con bulto de ropa sobre su espalda, llevarlo al aeropuerto y ver como se aleja, se siente el mismo dolor"...
Elsa Tapia
Duramente se nos hace a los padres reconocer cuando nuestros hijos están creciendo, mucho más cuando estos comienzan a buscar su propio horizonte. A veces entramos en una etapa de negación.
¿Cuantas veces le has dicho a tus hijos? No eres grande, aún eres un niño, y otro día le dices: ¡Comportate como un adulto; ya no eres pequeño! ¿Serán ellos o nosotros que estamos peliando contra el crecimiento?
Son las 3:30 de la madruga, habían anunciado un huracán para la Isla de Puerto Rico, acababa de cumplir mis ocho meses y dos semanas de embarazo, tenía unas 12 horas de contracciones y el médico de cabecera me había dicho que no daría a luz hasta dos semanas después, así que no me prestaba mucha atención. En esos momentos aprendí que solo una mujer embarazada sabe cuando se acerca la hora del alumbramiento. Yo no era la excepción.
Se acercaba la hora más esperada de toda mi vida, nacería mi primogénito y así paso. Nació mi primer hijo Giancarlos.
Pasan los años y nunca se borra de tus pensamientos la primera vez que lo viste, la primera vez que lo llevaste a la escuela, cuando llegaba totalmente sucio y desgastado su uniforme, cuando comenzó a usar ropa extraña y parecería que todo lo sabe, cuando entró en su etapa de competencia, “Todo lo sé no me digan nada” y cosas como esas.
Descubres cuanto se parece a ti, tu propia terquedad, tu misma conducta; es como si fuera una copia mejorada de tí misma. ¡Cuánto se aman los hijos! De repente llega el momento de empujarlos fuera del nido, - ¡tienes que volar! - Se que puedes hacerlo, yo confió en ti. Llega un momento en que solo te resta creer en las bases que le has dado, porque si no les dejas ir o desarrollarse nunca sabrás que has hecho un buen trabajo. Es un acto de fe y confianza dejar los hijos ir, volar y desarrollarse.
Parir, pujar, criar, eso duele grandemente y luego despedir a tu hijo con bulto de ropa sobre su espalda, llevarlo al aeropuerto y ver como se aleja, se siente el mismo dolor. Dentro de todo este proceso, tu hijo mirarte fijamente y decirte: “No sé lo que tu hiciste para criarme; Pero lo que haya sido, funcionó, solo te pido que me digas para que el día que yo tenga mi hijo criarlo igual” no tiene precio
Ahí es que te das cuenta que a pesar de cualquier cosa, tu hijo si se dio cuenta de tu esfuerzo. Lo único que puedes contestar es: “Yo te crié en casa de Dios todo el tiempo, aun molestaras y dieras vueltas por toda la iglesia y pensaras que era el parque de diversión, nunca me motivó a dejarte en la casa o regañarte o castigarte, pues la casa del Padre para mi es casa de alegría y diversión”.
Nunca permitas que ningún amargado hermano de la congregación, le quite a tu hijo el gozo de jugar en la casa del Padre. Eso funciona. Amo las iglesias que tienen su espacio para que los niños jueguen y disfruten su tiempo con Dios.
Bendiciones.
Copyrights ©2008 Elsa Tapia